-¿Podés respirar mi cielo? Voy a dejarte entrar un poco de aire para que no te me mueras. Los dos últimos hombres a los que les hice lamerme el culo se desmayaron. Uno era un chico jovencito, de quince años, que me besaba y lamía el orto tan rico que no pude contenerme y se lo apreté contra la cara, tan fuerte que se desmayó. Al tiempo que acababa abundantemente sobre su pantaloncito de baño.
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